El fin de semana pasado cogí el ya famoso Opel Corsa y me fui a Madrid, esa gran ciudad donde todo el mundo conduce como el culo y que lo tiene casi todo. Mi equipaje, una bolsa con ropa para el fin de semana, unos bocadillos y la mochila de la cámara con los bártulos de afotar. Mi GPS, un papel con indicaciones a mano agarrado a una de las salidas de aire del salpicadero. Y además de eso, mucha moral, un depósito lleno de gasoil -cómo duele decir "lleno" últimamente- y mucha paciencia. ¿Por qué? Podría ser porque yo lo valgo pero no, fue por la misma razón por la que cualquiera de vosotros, hombres de pelo en pecho -qué viejo suena esto ahora que lo que mola es depilarse-, hubierais hecho lo mismo...
